La inteligencia artificial no está cambiando la naturaleza del trabajo. Está revelando cuál siempre fue.

Durante los últimos días del julio pasado, tuve la oportunidad de preparar una charla para el Labor Summit de AMCHAM sobre el futuro del trabajo. Como muchos, comencé investigando las tendencias que hoy dominan la conversación: los avances en inteligencia artificial, las transformaciones del mercado laboral, las nuevas habilidades que necesitaremos desarrollar y el impacto que todo esto tendrá sobre las organizaciones.

Sin embargo, conforme avanzaba en la investigación, entendí que la conversación más importante no era sobre inteligencia artificial.

Era sobre el trabajo, y sobre todo, sobre una pregunta que rara vez nos hacemos porque creemos conocer la respuesta.

Qué entendemos realmente por trabajo?

Parece una pregunta sencilla, pero no lo es, solemos reducir el trabajo a una actividad económica, algunos lo entendemos como el medio para generar ingresos, producir bienes o prestar servicios,, pero cuando observamos la historia con un poco más de detenimiento, descubrimos que el trabajo siempre ha sido mucho más que eso.

A través del trabajo desarrollamos capacidades, construimos identidad, encontramos propósito, aprendemos de otros, formamos comunidades, transmitimos conocimiento entre generaciones y dejamos una huella que trasciende lo que hacemos cada día. El trabajo no solo transforma el mundo que nos rodea; también nos transforma a nosotros como personas, al punto que, cuando alguien nos pregunta quiénes somos, con frecuencia respondemos hablando de nuestro trabajo.

Quizá sea por eso precisamente que esta revolución tecnológica se siente distinta.  La máquina de vapor multiplicó nuestra fuerza física, la electricidad transformó la producción y el internet cambió la manera en que compartimos información y nos conectamos con el mundo.

La inteligencia artificial comienza a participar en actividades que durante décadas consideramos el núcleo del trabajo del conocimiento. Analiza información, escribe, programa, investiga, diseña, traduce, sintetiza ideas y aprende a una velocidad que desafía muchas de nuestras intuiciones sobre lo que significa “trabajar”.  Además, con la llegada del mundo agéntico, la creatividad para buscar soluciones a las tareas que se les asignan, aparece como una nueva capacidad que antes considerábamos netamente humana. Es natural entonces que la conversación se concentre en los empleos que cambiarán y en las nuevas habilidades que necesitaremos desarrollar.

Pero la inteligencia artificial nos está planteando un desafío mucho más profundo, nos obliga a distinguir entre empleo y trabajo.

El empleo es la forma concreta que adopta nuestra contribución en un momento determinado de la historia, el mismo evoluciona con la tecnología, con la economía y con las necesidades de la sociedad. Ha cambiado antes y seguirá cambiando.

El trabajo en cambio, es una expresión profundamente humana. Es la forma en que creamos valor para otros, desarrollamos nuestro potencial, colaboramos, resolvemos problemas, construimos confianza y encontramos sentido en aquello que hacemos.

Cuando confundimos ambas cosas, cualquier avance tecnológico parece una amenaza, pero uando las distinguimos, la conversación cambia por completo, es allí que entendemos que la inteligencia artificial puede transformar muchos empleos, puede asumir tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas, pero eso no significa que desaparezca el valor del trabajo humano.

Más bien nos obliga a preguntarnos dónde reside realmente ese valor, y la respuesta, probablemente, nunca estuvo únicamente en la ejecución.

Durante décadas premiamos la velocidad, la eficiencia y la capacidad de producir más. Hoy muchas de esas capacidades comienzan a ser extraordinariamente abundantes gracias a la inteligencia artificial. Lo que empieza a ser verdaderamente escaso es el juicio para decidir en medio de la incertidumbre y la capacidad de comprender a otra persona, la responsabilidad ética frente a decisiones complejas, la creatividad para imaginar posibilidades que todavía no existen así comola curiosidad para seguir aprendiendo.

Quizá la mayor paradoja de esta revolución sea que, mientras más poderosa se vuelve la inteligencia artificial, más evidente se vuelve aquello que hace profundamente humano al trabajo, y eso cambia también la responsabilidad de quienes dirigimos organizaciones.  Por esta misma razón me llamó la atención la reflexión del Papa Leon XIV sobre la dignidad humana que hizo en el Magnifica Humanitas; nos defuelve a poner a las personas al centro en un contexto dominado por algoritmos, resultados y productividad; sospecho que será una conversación relevante durante los próximos años.

Si esta reflexión es correcta, entonces no basta con incorporar inteligencia artificial, tendremos que replantear la forma en que concebimos el trabajo y, con ello, la forma en que diseñamos nuestras organizaciones. necesitaremos construir espacios donde las personas dediquen menos tiempo a ejecutar y más tiempo a pensar, menos tiempo a repetir procesos y más tiempo a aprender, menos tiempo a producir respuestas y más tiempo a formular mejores preguntas.  Pero ese cambio no ocurrirá por sí solo, habrá que provocarlo.

También exigirá una nueva generación de líderes que entiendan que su principal responsabilidad ya no será únicamente gestionar productividad, sino crear entornos donde las personas puedan desarrollar aquello que las hace genuinamente humanas: su criterio, su creatividad, su capacidad de colaborar, su curiosidad y su sentido de propósito. Porque, en un mundo donde la ejecución será cada vez más abundante, el verdadero diferenciador será la capacidad de desarrollar personas.

En ese contexto, quizá lo más importante sea que tendremos que recordar que la tecnología puede amplificar nuestras capacidades, pero nunca podrá reemplazar el significado que las personas encontramos en nuestro trabajo.

Al terminar la charla regresé a la misma idea con la que, sin saberlo, había comenzado todo este proceso.

La inteligencia artificial no está cambiando la naturaleza del trabajo; está revelando cuál siempre fue.

Estoy convencido de que el futuro no pertenecerá a las organizaciones que simplemente adopten inteligencia artificial sino a aquellas que comprendan que la mayor ventaja competitiva seguirá siendo profundamente humana.

Tal vez esta reflexión nos deje, al menos, tres preguntas abiertas.

  • Estamos rediseñando trabajos o simplemente automatizando tareas?
  • Estamos formando personas para competir con la inteligencia artificial o para crear más valor junto a ella?
  • Estamos construyendo solo organizaciones más eficientes… o también más humanas?

Sospecho que buena parte del futuro del trabajo dependerá de cómo respondamos esas preguntas y responderlas de manera eficaz exigirá algo más que tecnología, exigirá también una nueva forma de liderar.

Pero esa, precisamente, es otra conversación, una que espero podamos recorrer juntos.

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