Hace algunos días, me quejaba yo por el Facebook del mal servicio que había recibido de una compañía local de muebles; la verdad que no era para menos, un mes de atraso, y más que eso, pésima información y responsabilidad de los dueños; afortunadamente conseguí el mail de la dueña y fue la única forma de hacer que de alguna forma alguien me ayudara no sólo a agilizar la entrega sino que me pudieran dar alguna información. El asunto al final de cuentas tuvo un final más o menos feliz, mueble entregado en la fecha acordada (una vez asumimos el enorme retraso) y el mueble tal como lo esperábamos; sin embargo, extraño cuando no estaba.
Pero es que este es un inconforme!, podrán decir, pero no; la verdad es que la pasamos de lo mejor las dos semanas adicionales al retraso original a la llegada del susodicho “camastrón”. Déjenme que les cuente un poco. Resulta ser que el 6 de agosto pasado, con Karen decidimos ir a Expomueble, la “convención”, como diría Adrián, de fabricantes de muebles de Guatemala, buscando mejores precios para algunas cosas que hacían falta para la casa, cosas que uno va dejando para después, y como nunca nos decidimos a comprar una cabecera decente en los casi diez años de casados, esta era una buena oportunidad, así que decidimos buscar una que nos gustara y aprovechar para cambiar el tamaño; lo que nos obligó a comprar además un nuevo colchón. Después de mucho buscar, preguntar y ver, decidimos que el mentado modelo de MADECOR era el que más nos convencía, y decidimos comprárnoslo (con dolor de cabeza incluído). El asunto es que dado el atraso en la entrega de MADECOR, la gente que nos debía entregar el colchón lo hizo más o menos dos semanas antes que el mueble, así que lo pusimos como pudimos a un lado de nuestro cuarto, apoyado sobre la pared, so pena de que hiciera un arco medio raro y fuera un peligro para los niños. Un día, llegando a la casa de noche, a los dos días de haber recibido el colchón, le propuse a Karen que sacáramos nuestra cama y pusiéramos el colchón sobre el piso, reposándolo sobre el plástico en que venía envuelto y sobre una cama hecha de cartones, un chiste, jajaja, y nosotros, dispuestos a dormir sobre él pegados prácticamente en el piso (no contaré nada sobre los problemas de humedad que coincidieron con la época que llovió muchísimo en Guatemala)
El día en que tomamos esa decisión, yo no estaba nada contento, pero Karencita con su dulzura de siempre, me convenció con que no habría problemas, y que serían sólo unos días así que cero bolas, quienes conocen a Karen, no me dejarán mentir al decir que es la persona más sencilla y evitada de problemas del mundo, así que me dejé llevar por su sencillez y acepté la situación como la mejor salida temporal, sin imaginarme, que la decisión nos traería algunos problemitas en cuanto al orden, pero la mejor de las satisfacciones para nuestra convivencia familiar. De pronto, el “colchón nuevo” se convirtió en el centro de operaciones de los niños, era una gozada ver a Adrián correr de un lado a otro y dejarse caer en él, o ver al Mati perseguir un globo y tumbarse de espaldas cuando estaba cansado. Los nenes, lo tomaron como el lugar para el picnic permanente, todos los días, allí tomaban la “pachita de la tarde”, comían poporopos, veían la tele, pintaban (los edredones y el mismo colchón son testigos a decir de las manchas de marcador que le dejaron); por las noches, no hubo alguna que Adrián no amaneciera a mis pies, caminaba al cuarto y simplemente se dejaba caer, o en medio de Karen y mía y yo “y este, a qué horas se pasó?”, Matías corría como loquito de la sala de estar a nuestro cuarto sólo para saltar sobre el nuevo juguete.
El viernes recién pasado llegó por fin el mueble, se puso el colchón como debía hacerse y todo quedó muy lindo, pero la verdad es que este fin de semana extrañé mucho el desorden en mi casa y a mis dos chapulines retozando sobre él, me hizo falta llegar y no preocuparme porque Matías se viniera al piso desde lo alto de la cama, o que Adrián no llegara medio dormido y se golpeara con la madera, me faltó un poco que me echaran de mi propio cuarto porque había sido declarada área de juego, y ver la pila de hojas con crayones y los dibujos de Adrián, en fin, ahora que tengo cama como Dios manda, extraño estar un poco más cerca del piso; no cabe duda que la vida se construye de aprovechar esos pequeños regalitos que Dios nos da para aprender y sacar lo mejor, aunque al inicio es difícil entenderlos.
Un abrazo a todos, y espero que su vida también les esté brindando estas ventanitas, para ver las cosas desde una perspectiva diferente.


