Tocar en serio

Tocar en serio, vivir en serio: una metáfora que va más allá del escenario

Mis hijos tienen una banda; ensayan, se equivocan, afinan, repiten. Tienen el privilegio, y el peso, de hacer música de verdad: con sus manos, con su oído, con su alma. Y en ese proceso, además de compartir música, hemos compartido muchas conversaciones. Algunas muy técnicas, otras profundamente humanas. Porque en medio del ensayo, del esfuerzo y de los pequeños triunfos, he encontrado grandes reflexiones sobre la vida… como la que estoy a punto de compartir.

Una de esas conversaciones recurrentes gira en torno a una práctica cada vez más común: las bandas que no tocan en vivo del todo. Algunas lo hacen por necesidad técnica, otras por decisión artística, pero lo cierto es que muchas usan pistas pregrabadas, las famosas secuencias, para sonar impecables, aunque no todo esté siendo realmente tocado ahí, en ese momento. No es un juicio, sino una observación que siempre nos deja pensando.

Ayer, por ejemplo, en una fiesta, vi a una banda que animó muchísimo el ambiente. Energía, luces, coreografías, carisma. El público estaba encantado. Pero quienes alguna vez hemos tenido la bendición de haber estado detrás de un instrumento notábamos algo: gran parte de la música no venía de los músicos en el escenario. Era una mezcla: muy poco en vivo, pero muchos sonidos pregrabados. Y fue justo ahí donde la conversación interna volvió: cuánto de lo que vemos en la música y en la vida es realmente tocado, y cuánto es solo una buena pista?

Y es que esto no se trata solo de música. Es una metáfora que aplica en tantos otros ámbitos: el profesional, el personal, el social. Hay personas que suben al escenario del trabajo, de la empresa, de la vida… con luces, aplausos y seguridad. Dan un show impecable. Pero detrás, su “música” está pregrabada. No hay tanto conocimiento, ni tanta práctica real. No hay dedos con callos, ni noches de ensayo, ni errores corregidos a punta de esfuerzo. Solo buena escenografía.

Y también están los otros, los que dominan su instrumento. Que conocen la partitura de su oficio con precisión y pasión. Que podrían tocar con los ojos cerrados porque han vivido cada compás. Pero a veces, no dan tanto show. No alzan la voz. No tienen luces de colores. No saben, o no quieren, aparentar.

¿Con cuál te identificas?

Esto no es una crítica a quienes usan recursos para sonar mejor. En la música y en la vida, todos usamos alguna forma de “secuencia” en algún momento. Todos hemos necesitado apoyo, estructura, alguna ayuda que nos mantenga afinados. Pero sí es un recordatorio: no perdamos el valor de tocar de verdad. De prepararnos. De ser auténticos. De saber lo que hacemos, aunque no haya aplausos ni reflectores.

Porque cuando se apagan las luces y ya no hay público, lo que queda es eso: tu instrumento, tus manos… y lo que realmente sabes tocar.

La secuencia puede sonar bonito, pero el alma… solo la da quien toca.

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