“Mami, ahora vuelvo, voy a los columpios con Matías”, se oye el grito de Adrián desde la puerta que de la entrada de la casa da a la sala, y su voz abriendo camino pasa por el comedor, uno de mis lugares preferidos para trabajar cuando decido no ir a la oficina. Matías sorprendido, sin saberse cómplice de los planes del hermano mayor, responde “sí, ahora volvemos!!” y baja disparado las gradas sin dar mucho chance a que su madre se anime a negarles la bendición o decida acompañarlos. Mientras oigo la nueva dinámica impuesta por este par que cuando está de buenas se llevan como hermanos pero cuando están de malas, a menos que intervenga su afanada madre se muelen a palos, recuerdo un poco con nostalgia mi niñez y las cosas que hemos perdido en estos tiempos.
No sé por dónde empezar a recordar ni lo que más extraño, cuando hago memoria de las cosas lindas que viví de niño todo se me viene como un cúmulo de recuerdos y sentimientos, además de un poco de remordimiento porque probablemente no podré crear las mismas memorias en mis chiquitos, los tiempos han ido por otro lado.
Recuerdo por ejemplo las “chamuscas” en la calle de la colonia y los “retos” entre cuadras que inevitable y predeciblemente terminaban en golpes por más de alguno, curiosamente siempre los mismos, y el resto separando el mal rollo. Salir de casa sin decir a dónde era la norma, “a dónde vas” preguntaba mi madre, “allí voy a estar” respondía tan tranquilo, y todo tan normal, no hacía falta más, la calle era una extensión del patio y los amigos conocían a los viejos como “doña Aury y don Mario”, eran como primos que vivían cerca, así que siempre estaba uno con los de siempre, los conocidos y de condición similar. A qué horas se regresaba? La verdad no recuerdo, variaba el asunto, en días de escuela creo que un poco más temprano, pero en vacaciones y fines de semana, se llegaba fácilmente a media noche rebotando entre esquinas jugando cualquier cosa, hablando de cualquier babosada o por qué no decirlo, a veces perdiendo el tiempo. Además del fútbol que siempre estuvo presente en mi vida, debo decir que viví muy cerca de un barranco, aunque para un Guatemalteco eso no es novedad, estando la ciudad en una meseta, todos vivimos cerca de algún barranco, pero yo vivía muy cerca, algo así como a una cuadra cuando nos cambiamos a la casa en donde a la fecha aún viven mis viejos, por lo que el deporte de “barranquear” siempre fue una opción, no sé qué le diría a mi Adri si se le ocurre decirme “ahora vengo, voy al barranco”, no creo que lo dejaría ir, pero podría acompañarlo, cosa que tampoco se me ocurre viable, ya pocos lo hacen y cualquier cosa que no ocurra entre los límites de lo que los que tenemos un poco más de suerte llamamos “condominio” nos pone un poco nerviosos. Si llovía, no hay problema, el fútbol nunca se ha detenido por un chaparrón y además, agregaba un detalle de dramatismo a la épica batalla que se llevaba a cabo cada tarde sobre el asfalto, eso sí, ni se me ocurría entrar mojado a casa, debía quitarme todo en el patio, pedir una toalla y luego directo al baño, la regla era clara, y el castigo por romperla era trapear todo el inmueble así que más me convino seguirla a rajatabla, en nuestros días se mojan los niños y estamos los padres con mil remedios encima para que no “le caiga naa’ en el pechito”, somos un caso. Antes de vivir donde están mis viejos ahora, fue más de lo mismo, pero era yo más pequeño y los recuerdos se me confunden. Recuerdo por ejemplo que muy cerca de donde estábamos había un cerro, donde ahora se erige orgulloso un centro comercial, mi viejo me llevaba con un barrilete, un trozo de cartón y una candela; llegando al cerro se enceraba el cartón y no había nada mejor que echarse colina abajo deslizándose, era una gozada, qué pena que cada vez quedan menos espacios para hacer esas tontadas en nuestro país. Además de eso recuerdo que de mi cuadra se podía llegar muy fácilmente a una escuela pública en donde por las tardes podías jugar basketball y futbol, se llama “Lavarreda” porque creo que aún existe allí, nunca fui de niño más que para las fiestas de carnaval pero de adolecente regresé cada día a jugar, un poco de todo, tenía una ceiba al centro, lugar de concentración de borrachitos del lugar, cosa de la que nunca me percaté siendo niño, pero ya mayorcito me chocaba un poco con el paisaje del lugar.
En fin, creo que así debe ser, las época cambian y las condiciones igual, imagino que es lo más normal; recuerdo que hace algunos años un amigo de infancia de mi viejo me contó que cuando eran niños, y siendo de un pueblo llamado Salcajá, salían todos los niños en caravana con un juego llamado “rueda” que consistía en ir empujando una rueda de metal con una vara, hacia Xelajú, el pueblo vecino. Tanto la caravana como el juego han desaparecido, y yo particularmente ni llegué a verlo, tal como mis hijos no verán muchas de las cosas que llenaron mi niñez.
Y ustedes, qué más recuerdan de cuando eran niños?
Un abrazo!


