Los primeros Sesenta años de mi Colegio Loyola

Un día me contó mi madre, ante mi pregunta de cómo fuimos a parar tanto mis hermanos como yo al Colegio Loyola, que el día que me llevó a hacer examen de admisión, entró en la sala del Director de ese momento, el Padre Nicolás Alvarenga; y él empezó hacerle preguntas sobre nuestra familia mientras me dejaba a mí simplemente estar libre en la sala; yo tenía 5 años en aquel momento, y si lo parecido que mi madre dice que Adrián es conmigo es cierto, seguramente toqué todo lo que estaba a mi alcance, he de haber desordenado todos los papeles, hecho quinimil preguntas y puse a mi señora progenitora muy nerviosa porque con certeza pude haber roto algo (lo sé por la forma de ser de mi Adri); de hecho mi mamá así lo cuenta.   Lo curioso es que al terminar la entrevista, el padre le dijo que yo estaba aceptado y que pasara a administración a pagar; así que de esa forma, se decidió en donde pasaría los siguientes 15 años de mi vida.

Fue así como arranque en parvulitos, que en ese momento tal como ahora, estaba separado del colegio de los mayores, teníamos varias clases alrededor de un patio central lleno de columpios, un resbaladero de hojalata y una “araña” que en su tiempo me parecía enorme, la última vez que la vi me di cuenta que no medía más de metro y medio, sin embargo para mí, estar en la parte de arriba era lo más parecido a pararme en la cima del mundo. Preprimaria fue un sueño y primaria un poco más, la verdad el Colegio Loyola para mí siempre ha sido un fenómeno extraño en mi vida, por qué?, no sé, tengo muchos amigos que vienen de colegios más grandes, colegios que destacaban por sus potentes selecciones de fútbol, sus bandas de guerra o instalaciones enormes, lo nuestro más bien era un colegio relativamente pequeño, no teníamos banda de nada, todos de clase media y baja, pero yo hasta hoy, me siento más que orgulloso de haber estado allí, y lo digo muy en serio, no cambiaría nada de lo que pasó en todo ese tiempo, aprendimos los fundamentos que nos llevaron a ser lo que hoy somos.

Recuerdo con mucho cariño al Padre Alvarenga, un personaje, de lo más encantador y bueno, y encima niñero como el mejor abuelito del mundo; creo que lo veía más como eso, como mi abuelo, no como el Sacerdote del Colegio, y estoy seguro de no haber sido el único, recuerdo claramente que cuando se asomaba desde la dirección para dirigirse a la puerta que desde el lateral del patio le llevaba por un pasadizo al atrio de La Merced, se veía de pronto rodeado del montón de niños que suspendíamos la chamusca, el arrancacebollas o el “policías y ladrones” para simplemente irle a dar la mano y acompañarle en ese enorme recorrido de unos 50 metros como mucho.   La primaria pasó así, entre clases, recreos, misas y visitas a la dirección de vez en cuando, demasiado rápido diría yo.

Capítulo aparte requiere hablar de los básicos y el Padre Jesús, toda una experiencia, y la verdad es mejor recordarla por partes; la primera, los compañeros; porque cuando arrancamos, nos juntamos seis secciones en tres solamente, así que nuevos casi todos; algo que rara vez pasaba en primaria; incluso en mi sección, habrán quedado unos 6 compañeros “viejos” entre los más de 40 de la sección, la mayoría eran nuevos. Luego de eso, los horarios, en esa época íbamos tanto en la mañana como por las tardes los lunes, miércoles y viernes, además de eso los sábados y cada primer domingo de mes por la misa de todos juntos; o coro, o la catequesis, no dudo que durante todo ese tiempo haya visto más a mis compañeros que a mis hermanos.   La tercera parte, el padre Jesús; todo un personaje; por fuera parecía duro y estricto, bueno, no parecía, lo era; pero pocas cosas me han calado tanto en la vida como las charlas que nos daba por las tardes en el pasillo del colegio, no quiero recordar cada una de sus frases porque fueron muchas y siguen tan vigentes en mi vida que las recuerdo claramente. Puedo entender que mucha gente lo haya sentido muchas veces demasiado estricto, yo en su tiempo lo sentí igual, me echó dos veces de las tardes, me castigó incluso el primer día de clases de segundo básico por armar relajo en el pasillo; me expulsó en tercero básico tres días por andar jugando cartas, y así podría contar muchísimas anécdotas y regaños que me dio; pero por encima de todo eso, me formó; y eso amigos míos, es impagable. Mencioné al inicio que por fuera parecía duro, y debo decir que era apariencia, poca gente me ha tratado a mí, mi esposa o hijos con más cariño que él cuando se los presenté; recuerdo el enorme abrazo que le dio a cada uno e intentó contarles como había sido su padre de jovencito; los hizo reír con sus anécdotas e incluso me dio un regaño cariñoso por no haberlos llevado antes, la verdad, tal como antes, tenía toda la razón, demoré mucho en hacerlo.

Quizás este post no lo lea mucha gente, muchas veces he pensado que a veces escribo más para mí, incluso hay muchas cosas que nunca llegan a aterrizar en mi blog, creo que es forma en que mi yo interior me dice “hey mijo, no hay que olvidar de donde se viene y ser agradecido” porque a veces se olvida.

Quise hoy escribir estas líneas con mucho cariño para mi querido Colegio Loyola; cumple 60 años de formar generaciones de chapines como la mía, y de entregar buenos ciudadanos a nuestro país porque creo que casi todos los que salimos de allí lo somos. Muchos no estarán de acuerdo conmigo, durante mi vida me he dado cuenta que mucha gente no le guarda el mismo cariño que yo al colegio, al final de cuentas si bien muchos llevamos vidas parecidas y hacemos casi que lo mismo durante buena parte, el viaje en este mundo es individual y cada quien lo interioriza como mejor le parece, en mi caso particular, no tengo más que gratitud y buenos recuerdos del colegio, visto a la distancia, todo fue positivo y de provecho para mi vida.

Felicidades a mi querido Colegio Loyola, sesenta años se dicen rápido, pero sin duda alguna, es una de las instituciones que se puede sentir orgullosa por lo que ha aportado a nuestro país.

Abrazo!

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