Cuando el protagonismo de una promoción se apaga con micrófonos desconectados

Hay ideas que nacen con alegría. Con ilusión. Con la simple intención de sumar. Así nació la propuesta de una banda formada por jóvenes de la promoción de Adrián: tocar un mini concierto durante la fiesta de graduación, no para brillar más que nadie, sino para prender la chispa de una noche que debería ser inolvidable para todos. Una forma de celebrar entre amigos, con música hecha por ellos, para ellos.

Y no, no era un show para el ego. Era un acto de comunidad. De expresión. De cerrar un ciclo como se debe: juntos.

La respuesta fue un rotundo no. Problemas logísticos, dijeron. “La agenda ya está llena”, “no se puede reorganizar los espacios”, “hay prioridades”. Y uno no puede evitar preguntarse cuáles son esas prioridades. Porque desde afuera, da la impresión de que se organizan muchos detalles como el menú, la logística para ingresar o no el alcohol, la pasarela; pero nunca hubo espacio para sentarse a pensar cómo abrir un micrófono a los propios graduandos.

Y no tengo nada en contra de que se celebre con una copa o veinte, y una comida deliciosa, o incluso con el desfile en pasarela que al parecer se ha vuelto el stándard de las celebraciones de graduación en Guatemala, el momento lo amerita totalmente. Ese no es el problema. El problema es cuando eso parece ser lo principal. Cuando, como sociedad, nos perdemos más en esos detalles que en lo que realmente importa: dar espacio al protagonismo, la voz, el talento y la expresión de los jóvenes que estamos celebrando.

Y es ahí donde más duele: ver que ni siquiera se intentó; que no hubo una conversación. Que se optó por la respuesta fácil en lugar del camino que requería voluntad. La decisión no fue solo un no a una banda. Fue un no al arte, al talento, a la iniciativa de los propios graduandos. Fue decirles, en silencio: “tu expresión no cabe aquí”.

Y me preocupa profundamente que eso sea lo que estemos modelando.

Porque al final, parece que lo importante era el dress code, las luces del DJ y que la fiesta fluya sin interrupciones… como si mostrar el talento y la unidad de una generación fuera una interrupción.

Probablemente las anécdotas más repetidas girarán en torno a quién se puso más tomado, o si alguna niña, o alguna mamá, repitió vestido. Al parecer, esos son temas cruciales para que todo marche sin problemas. Y sí, suena tonto… porque lo es. Mientras tanto, la posibilidad de ver a compañeros venciendo sus miedos, subiendo al escenario y regalándole a su promoción un momento auténtico, se perdió. Fue una oportunidad desaprovechada. De esas que no se repiten.

Estos jóvenes no tendrán otra graduación juntos, cada uno tomará un camino distinto. Su oportunidad era esta. Podríamos haber tenido una fiesta donde uno de los recuerdos más potentes fuera un acto de compañerismo real, de música en vivo, de ese “¡mirá, está tocando Pedro!” o “¡esa canción es nuestra!”. Pero eso, al parecer, fue menos prioritario que asegurar que el fotógrafo no se atrase.

Me han preguntado si la banda va a tocar en el almuerzo. Y lo están considerando. Pero no como fondo musical mientras los demás mastican. Si van a participar, debería ser en condiciones dignas: como un momento previo, especial, donde puedan también compartir con sus compañeros. No como decoración sonora. Sin embargo, la decisión no es mía, es de ellos, veremos más adelante qué deciden hacer.

Lo más probable, y triste, es que ese concierto no suceda. Porque permitirlo ahora implicaría algo más difícil que montar un escenario: reconocer que no se tuvo la voluntad de corregirlo ni de involucrar a los verdaderos protagonistas, y tener la humildad de decir: “veamos cómo hacerlo”. Y eso, al parecer, sí que no está en el programa.

No escribo esto desde la amargura ni desde el resentimiento, sino desde el deseo de que estas cosas no sigan pasando. Que algún día, organizar una fiesta de graduación no sea solo asegurarse de que las luces estén bonitas o de que el alcohol fluya… sino de que los jóvenes tengan voz, tengan espacio, y sobre todo, sean celebrados por quienes son; por lo que sienten, por lo que crean, por lo que se atreven a mostrar.

Y también porque, como guatemaltecos, muchas veces optamos por no incomodar, por no expresar lo que pensamos, y confiar en que quienes toman decisiones lo harán pensando en lo correcto, no solo en lo conveniente.

Estoy profundamente agradecido con el comité que está organizando la fiesta, una tarea titánica, sin duda, pero desde mi humilde punto de vista, no han priorizado la expresión de los jóvenes, sino el protagonismo de los padres.

Y si en una noche como esa no hay lugar para su expresión… ¿cuándo lo habrá?

COROLARIO: Confieso que dudé en escribir sobre este tema. Primero, porque sinceramente nunca imaginé una negativa a una propuesta tan bonita y diferente como esta. Siempre he creído que los colegios en los que están mis hijos son distintos siempre he pensado que se educa con más apertura, más sensibilidad, más humanidad. Vaya dicho por delante que la fiesta no es responsabilidad del colegio, pero en mi ingenuidad, pensé que el comité de la fiesta de graduación, también sería diferente. Pensé que, frente a una iniciativa así, se buscarían soluciones para dejar, como decía un amigo, en el imaginario de los jóvenes un recuerdo distinto al de tooodas las fiestas de promoción de Guatemala. Algo original. Algo de verdad. Pero al parecer, hacer lo que todos esperan es más fácil. Y más común.

En ningún momento quise ofender con estas palabras. Solo soy un papá que ve, con cierta preocupación, cómo se les configuran las prioridades equivocadas a nuestros hijos. Y que quiere seguir diciéndole a los suyos: “Van bien. No va a ser fácil ser diferente, pero van bien.”

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *