Bad Bunny es el síntoma. El criterio que perdimos, la enfermedad.
Aviso parroquial: este post probablemente me va a costar un par de silencios incómodos y posiblemente mucho hate en redes. Y sí, sé que hay conocidos que quiero mucho que aman esta música y la disfrutan sin culpa. Tranquilos: no vengo a confiscar playlists ni a jugar de juez cultural.
Pero también creo que hay conversaciones que, si no las tenemos, nos pasan por encima. Y en esta no ganamos nada con quedarnos callados: si no decimos nada, el algoritmo igual va a hablar por nosotros, y nuestros hijos igual van a aprender algo.
Esta semana, todos vimos la noticia de los Grammys, Bad Bunny ganando y el ruido inevitable alrededor y, más que emoción, me quedó una incomodidad rara: no por él, sino por lo que estamos celebrando.
Y lo digo de entrada para que no se malentienda: esto no es nostalgia barata ni pose de “yo sí sé”. Yo también caigo en lo fácil, también pongo música simple, también me río, también me dejo llevar, también pongo muchas veces música vacía para acompañar mi día.. Pero una cosa es disfrutar… y otra muy distinta es entregar el criterio.
Porque seamos honestos: los papás de hoy estamos celebrando cualquier estupidez. Y lo grave no es el meme, el trend o la canción pegajosa: es el mensaje que se repite hasta volverse normal. Cuando bajamos el listón de lo que merece aplauso, no solo cambia la música… cambia el criterio.
Ahí es donde se rompe algo importante: cuando todo se celebra, nada se distingue. Se empieza a borrar la diferencia entre lo bueno y lo malo, entre lo valioso y lo desechable, entre lo que construye y lo que solo entretiene. Y después nos sorprende que nuestros hijos no tengan filtro… pero seamos honestos: se los borramos nosotros, a punta de aplausos baratos.
Y por eso lo aclaro: esto no es un post contra Bad Bunny. Él hizo su juego, conectó con millones, y ganó. El punto es otro: qué estamos premiando como “excelencia” y qué estamos entrenando con nuestro aplauso. Porque cuando una industria, y nosotros con ella, termina celebrando como cima algo que muchas veces ni siquiera pretende ser profundo, el problema no es la tarima… es el público.
La música urbana más “vacía” no domina porque sea objetivamente mejor música. Domina porque como sociedad perdimos el gusto… y lo confundimos con popularidad. Nos acostumbramos a que lo repetitivo sea “pegajoso”, a que lo simple sea “genial”, a que lo explícito sea “auténtico”. Si todo se reduce a sonar duro y hacerse viral, entonces claro: gana el que mejor se adapta al algoritmo, no el que más eleva el estándar.
Y aquí viene lo incómodo: esto también se educa en casa. El gusto no nace por generación espontánea; se forma. Con lo que ponemos en el carro, con lo que dejamos sonar sin contexto, con lo que celebramos, con lo que defendemos diciendo “es solo música”. Si un niño crece sin exposición a melodía, a letra con intención, a variedad de géneros, a instrumentos reales, a historias bien contadas… ¿cómo esperamos que diferencie? No le enseñamos el paladar, y luego nos sorprende que aplauda comida chatarra emocional.
Y esto no se queda en los audífonos. Se filtra al lenguaje, a las frases que repiten, a cómo se tratan entre ellos, a cómo se presentan, a lo que creen que “toca” para encajar. No me asusta la moda; me asusta la hipersexualización normalizada como sinónimo de valor… y que muchas veces ni siquiera es una elección consciente: se copia porque el entorno la premia, porque el algoritmo la empuja, porque la cultura la aplaude.
Como papás, el punto no es controlar su ropa ni señalar a nadie. El punto es proteger su dignidad y su seguridad, y darles herramientas para distinguir entre expresión y presión, entre libertad y marketing. Porque cuando el contenido glorifica la cosificación, eso baja del escenario a la calle: cambia cómo hablan, cómo se miran, cómo se respetan… y qué creen que deben hacer para ser vistos.
Y la pregunta incómoda es esta: ¿estamos criando criterio… o estamos criando jóvenes entrenados para gustar?
Y aquí viene otra escena incómoda: cuando un día escuchés a un chavo intentando conquistar a tu hija con frases copiadas de esas canciones, posesivas, explícitas, cosificadoras, o vendidas como “poesía urbana”, no te escandalicés solo con él. Preguntate esto: cuántas veces lo normalizamos nosotros?
Porque la cultura también educa el amor. Y cuando aplaudimos letras que confunden deseo con control, o sensualidad con cosificación, lo que hacemos es dejarle a la industria (y al algoritmo) el guion de cómo se habla, cómo se “coquetea” y cómo se “valora” a una mujer.
Y si sos papá de un chico, esto también te toca de frente: es tu deber decirle que esas frases no enamoran. No son “audaces”. No son “seguras”. Al contrario: muchas veces ofenden, invaden y reducen. Educar en respeto no es “ser anticuado”; es enseñar a relacionarse sin convertir a la otra persona en un objeto o en un trofeo.
No es para culpar a los jóvenes. Es para asumir nuestra parte: si no enseñamos criterio, alguien más lo enseña… y no necesariamente con respeto.
Pero ojo: esto no es solo música. Es más grande. Como papás (y como sociedad) le quitamos peso a la educación en apreciación artística en general. Pintura, literatura, cine, teatro, música… lo volvimos “relleno”, como si el arte fuera decoración y no formación. Y el arte es precisamente lo que entrena lo que más nos hace falta hoy: criterio, sensibilidad, paciencia, profundidad. Te enseña a distinguir entre lo bien hecho y lo fácil; entre lo que tiene intención y lo que solo busca reacción.
Y para los que dicen “es solo música”: no. Cuando alguien pasa de dominar playlists a dominar uno de los escenarios más visto del planeta, ya no estamos hablando solo de un género. Estamos hablando de quién está escribiendo el guion cultural. Bad Bunny no solo ganó en los Grammys: también se tomó el Super Bowl. Y ahí es donde se vuelve evidente: esto no se trata solo de arte premiado; se trata de atención conquistada.
Y ojo: sería injusto negar lo bueno. En el Super Bowl, Bad Bunny no cantó (cuélguenme si quieren pero a lo que hizo no puede llamársele cantar): llevó un mensaje. Puso su cultura al centro y cerró con una idea simple pero poderosa: que lo único más fuerte que el odio es el amor. Y eso, honestamente, me parece valioso. Porque confirma algo importante: el problema no es “que exista” ni que represente, el problema es cuando confundimos representación con estándar; cuando el aplauso deja de premiar profundidad y empieza a premiar lo que el algoritmo sabe amplificar. El mensaje fue valioso, creo que sí, lo hizo porque sabía que con eso amplificaba lo que dice representar, también.
Y ahora sí: el cuarto golpe.
Nos quejamos de que la IA nos va a reemplazar… pero sin darnos cuenta, ya lo hizo en algo fundamental: en el criterio. Estos premios, y muchos otros rankings, cada vez reflejan menos arte y más tracción. No siempre se premia lo que eleva: se premia lo que el algoritmo empuja. Y así, poco a poco, nos volvimos opcionales: dejamos que una máquina optimizada para retención decida qué merece atención… y llamamos “éxito” a que nos haya secuestrado el tiempo.
Si algún día la IA “quisiera” tomar control (y yo también huyo de esa distopía), ni siquiera necesitaría hacernos daño. Hoy por hoy ya lo hizo de la manera más silenciosa: reemplazó nuestra apreciación por un concurso de popularidad, y nosotros aplaudimos.
Entonces… qué hacemos con esto? Porque quejarse es fácil.
Yo lo veo así: no se trata de censurar. Se trata de volver a hacer curaduría doméstica. Que en la casa exista variedad. Que hablemos de letras y de intención. Que preguntemos qué dice una canción y qué normaliza. Que llevemos a los hijos a ver arte real (música en vivo, teatro, museos), que escuchen instrumentos, que descubran otras historias. No para imponer gustos… sino para formar paladar. Porque cuando tenés paladar, disfrutás más… y te tragás menos basura.
Y cierro con la pregunta que de verdad importa:
¿Cuántas cosas estamos celebrando solo porque se hicieron famosas… y qué le estamos enseñando a nuestros hijos cada vez que aplaudimos sin criterio?



Que bueno leerte, Eric, y gracias por compartir esta reflexion. Coincido en que el punto de fondo no es un artista en particular, sino cómo el algoritmo y la cultura de la viralidad influyen en lo que celebramos. También creo que el gusto se educa y que como adutos tenemos responsabilidad en ofrecer variedad, contexto y conversación a nuestros hijos.
Al mismo tiempo, pienso que lo popular no siempre es vacío, ni lo simple necesariamente carente de valor. Opino que el reto no es elegir entre “alta” y “baja” cultura, sino enseñar a distinguir, a ampliar el paladar y a disfrutar con criterio.
PS: Yo también bailo al ritmo de ese pana de cuando en vez y mis hijos se abochornan 😅
De verdad necesitaba leer esto, pensaba que solo yo lo veía desde este punto de vista.
Veo y analizó a Bad Bunny no por su letra, sino lo que me sorprende de él, es todo el equipo que hay detrás, de su producción, de su marketing, sabe lo que quiere la gente.
Ahora mi punto de vista del público es que en este mundo tan conectado por el internet, nos estamos acomodando y todo lo queremos fácil, nuestra mente se está atrofiando y estamos perdiendo el criterio de que es lo bueno y que es lo malo, de que es lo que de verdad desarrolla, nuestra vida, nuestra familia, nuestra sociedad.
Agrandezco por lo que acá está escrito, por lo menos me da un poco de alivio que aún hay personas con criterio.
Me encanto este final: “No para imponer gustos… sino para formar paladar. Porque cuando tenés paladar, disfrutás más… y te tragás menos basura.”. Es muy refrescante saber que hay personas como vos que piensan de esta manera. Graicas por compartir.
Me recordó a una reflexión que escuché en este YouTube: https://youtu.be/cg9ECtsHfSc?si=dGr-UzXS3uOnQJ07.
“Si no eres capaz de rechazar lo mediocre, no eres libre de elegir lo excelente”
Me gustó esa frase!!!!