Con la proximidad del nacimiento de Luca, últimamente he estado pensando muchísimo en mi familia, no es que no lo haga regularmente, pero la incorporación de un nuevo miembro siempre trae consigo muchas interrogantes, ¿cómo será?, ¿qué gustos tendrá?, ¿a quién se va a parecer? ¿cómo lo recibirán los hermanitos? y una última que ha estado dando diez mil vueltas en mi cabeza, ¿debería ser el último de los Sosa Rodas? Cosa que hemos hablado con Kachi hasta el cansancio.
Voy a alejarme de escribir o contarles nuestra decisión, por una sencilla razón; a lo largo de estos años he oído y platicado con mucha gente sobre sus familias, y muchos me han dado argumentos para no tener más niños, mientras otros me han manifestado su interés en tener más. ¿Las razones? Las más variadas, desde que la situación está difícil, que si no se les puede dedicar tiempo, que si la carrera profesional, que si se les “arruina” el cuerpo, que si no tengo quien me los cuide, que si etc., etc., etc., algunos creo que incluso han tomado la decisión de tener un único hijo y si bien me consta que lo aman, no se han disfrutado del todo la aventura, por una u otra circunstancia, cuando los oigo, me da un poco de nostalgia pensar en todos aquellos que conozco que añoran un bebé y no han podido, en fin. La verdad, que si emito mi juicio de cada razón, corro el riesgo de que alguien luego me apedree por la calle, siempre puede uno hablar de más sin conocimiento de causa y por ello no me meteré a juzgar ninguna razón, cada quien a lo suyo.
Llevo al menos un mes con esto en mente de forma constante, ya hemos llegado a un consenso con Karen pero de todas formas la idea sigue dando vueltas allí. Hoy no quiero escribir sobre ese tema sino sobre otras cosas que han venido como conclusión, y es sobre el tipo de niños que estoy criando, y lo más importante, ¿qué tipo de seres humanos quiero que sean?; ambas peguntas bien complicadas de responder, sobre todo porque uno no va a estar toda la vida y no se trata sólo de pensar en su beneficio económico, es decir, que sepan cómo ganarse la vida, sino el tipo de características personales que quisiera potenciar; sabido de que siempre hay una parte que es de ellos, con sus propias decisiones, y que está alejada de la influencia de cualquier padre, sus propios rasgos, sus propios gustos, en fin, su personalidad.
Pensando en esto, me he podido dar cuenta, que como padre, me encuentro muchas veces planeando la vida de ellos, pensando en que podré tomar decisiones que honestamente no me corresponden, creyendo ilusamente, que la vida es algo que uno puede poner en una agenda, y decidir de antemano si se hará una u otra cosa, imaginando que yo estaré allí para tomar la decisión, que en el fondo les pertenece a ellos, y sólo a ellos. Cuando escogimos con Karen el colegio para Adrián, luego de visitar quinimil instituciones, decidimos que en primer lugar pondríamos siempre la educación y no la cultura, cosas que todo mundo confunde. Pensamos que lo ideal era que los valores estuvieran encima de los idiomas, que no importa que el colegio no enseñara mandarín, pero que a cambio, le enseñaran a ofrecer el día a Jesucito por las mañanas, que si no tenía un plan de “matemática avanzada” no sería tan importante como que le enseñaran “respeto avanzado”, como padres, nos preocupamos porque hablen en 20 idiomas, que tengan mate, química, para superdotados, y no nos importa si el nene es un patán y un egoísta, porque al fin de cuentas, quien triunfará en la vida, según nosotros, es aquel con el mejor bagaje académico.
Para no aburrirlos, llegué a la conclusión que lo que quiero lograr en mis hijos no es otra cosa que sean felices, pero que en el camino respeten al resto; que entiendan que no es necesario pasar encima de alguien para llegar a algún lado, que “por favor” y “gracias” no son palabras mágicas sólo porque con ellas consiguen lo que quieren, sino porque aunque no lo consigan, siempre tendrán una sonrisa a cambio; que aprendan a luchar por lo que quieren y que yo como padre entienda que las dificultades que tendrán en la vida están allí sólo para que ellos mismos se demuestren qué tanto quieren algo como para que lo consigan a pesar de las mismas y yo no corra a resolverles siempre sus problemas. Que no está mal ser pobre si se vive con dignidad, y que pedir disculpas no es hacerse de menos; que ningún trabajo estará por debajo de ellos y que hay que aprender a hacerlo con excelencia, que poco importa si hablan veinte idiomas si no aprenden a charlar por lo menos en uno con Dios, y que sigan sonriendo a pesar de los problemas que puedan tener, porque seguro los tendrán; que entiendan que el mundo no gira alrededor de ellos y deben tratar al resto con respeto, y que ningún título les da el derecho de creerse más que nadie. Pude darme cuenta además, que yo como padre también tengo mucho que aprender, evaluando lo que uno quiere para sus hijos, se da cuenta de lo mucho que a uno le hace falta para poder dar el ejemplo, porque lo seguirán lo quiera o no. En fin, creo que como padre lo único que puedo hacer es dotarles de un conjunto de herramientas para que ellos mismos construyan la vida que desean, para que alcancen sus sueños pero que se ensucien las manos.
En fin, la felicidad es algo complicado de explicar, cada quien lo entiende como puede y creo que mucha gente es muy feliz en su manera particular de ver la vida, ojalá y logre la mitad de lo que anhelo para ellos.
Un abrazo.


