Hace algún tiempo, la AMCHAM de Guatemala me invitó a escribir para su revista “Doing Business and Investing in Guatemala” y por curioso que parezca, escribí algo que a hoy, me sigue haciendo ruido, y entre más pasa el tiempo, más me parece que toca una fibra profunda de esta época: la IA ha avanzado tanto que, cuando leemos un texto bueno, muchas veces ya no pensamos primeros en lo que dice, ni en la idea, ni en la claridad, ni en la fuerza del argumento. Pensamos otra cosa. Nos preguntamos si de verdad lo escribió esa persona, si solo se sentó con ChatGPT, si eso nació de su cabeza o si fue producido, acomodado y afinado por una máquina. Y eso, aunque parezca un detalle menor, me parece fuertísimo, porque la IA no solo está cambiando la forma en que producimos cosas; está cambiando también la forma en que miramos las capacidades humanas.
Antes, cuando alguien escribía bien, uno asumía que ahí había lectura, trabajo, pensamiento, sensibilidad, oficio. Uno daba por hecho que detrás de un buen texto había una persona que había hecho el esfuerzo de ordenar su cabeza, de pulir su voz, de encontrar una manera propia de decir algo. Había algo casi natural en reconocer capacidad en lo bien hecho. Hoy ya no siempre pasa eso. Hoy, frente a algo bien escrito, muchas veces lo primero que aparece no es reconocimiento sino sospecha. Y ese cambio, para mí, es más profundo de lo que parece, porque ya no solo modifica cómo evaluamos un contenido, sino cómo atribuimos mérito, autoría y capacidad.
Hace poco vi un comentario sobre alguien que publica con frecuencia. Decía algo así como: “ahora se sienta con ChatGPT a escribir”. Y más allá del comentario, e incluso más allá de si era justo o no, lo que me pegó fue lo que revela. Estamos empezando a asumir que las personas, por sí solas, ya no pueden hacer ciertas cosas. Si alguien articula bien una idea, dudamos. Si alguien escribe con claridad, sospechamos. Si alguien publica algo valioso, pensamos que seguramente hubo una máquina detrás. Casi como si la posibilidad de hacer algo bien hubiera dejado de ser una prueba de capacidad humana para convertirse, primero, en una evidencia de asistencia artificial.
Y esto no se queda en redes. El pasado sábado me encontré con alguien que me dijo que leía muchos de mis posts, y luego me contó algo que se me quedó muy clavado. Me dijo que vio las fotos de mis hijos en uno de sus conciertos, que leyó un comentario, y que entonces pensó: “esto no es IA y lo voy a leer”. Me lo dijo con buena intención, incluso como una forma de cercanía porque es un amigo a quien aprecio mucho y sé que es recíproco, pero a mí me dejó pensando en otra cosa. Para decidir leer, necesitó primero encontrar señales de humanidad. No le bastó el texto. No le bastó el tema. No le bastó la posibilidad de que detrás hubiera una persona real. Necesitó un rastro de vida concreta, alguna evidencia, alguna señal que le permitiera concluir que sí, que ahí había alguien de carne y hueso. Y lo más fuerte no fue eso. Lo más fuerte fue que antes de llegar a esa conclusión, dudó.
Creo que ahí hay un pequeño quiebre de época. Estamos entrando en un momento donde lo humano ya no se presume: se verifica. Y no digo esto como si yo estuviera viendo el fenómeno desde fuera. También me está pasando a mí. Me pasa, por ejemplo, con mis alumnos. Veo trabajos muy buenos, incluso de alumnos que sé perfectamente que son buenos, capaces, inteligentes, disciplinados, y aun así me entra una duda horrible. Me pregunto qué tanto de eso es suyo, qué tanto se ayudó con IA, qué tan original es realmente ese trabajo. Y eso me pesa, porque antes, cuando alguien entregaba algo sobresaliente, eso reforzaba la idea de capacidad. Hoy, a veces, pasa lo contrario: mientras mejor está algo, más fácil se vuelve sospechar. Y eso es durísimo, porque convierte la excelencia en algo ambiguo.
Por eso creo que la IA no solo está cambiando cómo escribimos, sino también cómo confiamos. Y quizá ahí está una de las transformaciones más silenciosas y más delicadas de esta etapa. Porque una cosa es que aparezcan nuevas herramientas para pensar, redactar, resumir o producir. Eso, hasta cierto punto, siempre ha pasado con la tecnología. Pero otra cosa muy distinta es que esas herramientas empiecen a erosionar nuestra disposición a creer en las capacidades de los demás. Que frente a algo bien hecho, nuestra primera reacción ya no sea reconocer talento, sino sospechar delegación.
Y aquí, además, aparece otro tema que me parece inevitable. Tal vez la pregunta importante ya no es simplemente si hubo IA o no. Me parece que esa, poco a poco, va a dejar de ser la pregunta central. La pregunta difícil es otra: cuánta IA estamos dispuestos a soportar dependiendo de la tarea. Porque no es lo mismo usar IA para corregir un título, para ordenar unas ideas, para limpiar una redacción, que usarla para fabricar por completo un texto y luego firmarlo como propio. Ahí hay una frontera rara, difusa, incómoda, pero real, y creo que tarde o temprano vamos a tener que hablar de ella con más honestidad de la que hemos tenido hasta ahora.
En un post, por ejemplo, cuánta IA soportamos antes de sentir que ya no es de su autor? Sigue siendo suyo si la experiencia es real, aunque la redacción haya sido muy asistida? Sigue siendo suyo si la idea inicial sí nació en su cabeza, aunque una máquina le haya dado forma? Sigue valiendo la pena leerlo si dice algo verdadero, útil o potente, aunque no lo haya escrito del todo esa persona? Y luego viene una pregunta todavía mayor: cuáles serán las tareas en las que vamos a tolerar un 100% de IA y cuáles no? Porque claramente no vamos a reaccionar igual ante todo. Habrá tareas donde nos dará exactamente lo mismo, donde lo importante será que funcione, que resuelva, que ahorre tiempo, que salga bien. Pero habrá otras donde no. Una reflexión personal, una opinión, una clase, una evaluación, una devolución a un alumno, un discurso, una disculpa, un mensaje íntimo, un ensayo. En esos casos no solo importa el resultado. Importa quién está detrás, quién piensa eso, quién sostiene eso, quién responde por eso, quién firma eso con algo más que su nombre.
Y por eso este tema me sigue dando vueltas. Porque tal vez el problema no es solo que la IA haga cada vez más cosas. Tal vez el problema es que nosotros estamos empezando a perder algo más delicado: la capacidad de reconocer lo humano sin desconfiar de entrada. Y eso sí me parece serio, porque una sociedad que empieza a sospechar automáticamente de cualquier muestra de talento, claridad o sensibilidad no solo cambia su relación con la tecnología; cambia también su relación con el mérito, con la autoría, con el aprendizaje, con la admiración y con la confianza. Y eso, en el fondo, no es un cambio técnico. Es un cambio cultural.
Por eso sospecho que la discusión de fondo no es tecnológica. Es filosófica. Qué hace que una obra siga siendo de alguien? La idea? La experiencia? La voz? La intención? El esfuerzo? La edición final? La responsabilidad de firmarla? Y en qué momento la ayuda deja de ser ayuda y se convierte en sustitución? Vamos a llegar a un punto en el que lo único verdaderamente valioso sea aquello que podamos demostrar que no hizo una máquina? O vamos a aceptar que hay cosas donde sí toleraremos la mediación de la IA y otras donde seguiremos exigiendo una presencia humana imposible de reemplazar?
Y quizá la pregunta más incómoda sea esta: si ya no podemos ver un buen texto, un buen trabajo o una buena idea sin sospechar primero de una máquina, qué se está erosionando realmente? La autoría? El mérito? La confianza? O nuestra capacidad de seguir creyendo en lo humano?
Y bueno, después de leer todo esto, también queda la pregunta obvia, casi inevitable: vos qué pensas? y una aún más complicada de responder, creés que esto lo escribí yo, o lo hizo ChatGPT, Claude, Gemini, Perplexity… o cualquier otra?


