Recalibrando el sistema operativo: lo que aprendí al cambiar de cultura

Después de 25 años trabajando en Microsoft, dar un salto a otra organización no iba a ser fácil. Y lo digo sin drama, sin nostalgia excesiva y sin ese discurso romántico de “yo me adapto a todo”. No. Lo digo porque cuando pasás un cuarto de siglo en un lugar, no sólo aprendés un trabajo: aprendés una manera de pensar, de decidir, de comunicar, de priorizar y de resolver problemas.

Y lo más curioso es que uno cree que eso vive en la cabeza… pero la verdad es que vive en el cuerpo. Se vuelve instinto.

Te levantás, abrís la compu, y casi sin pensarlo sabés qué hacer primero, a quién pedirle qué, cómo se arma una propuesta, en qué momento conviene levantar un riesgo, cuándo hablar directo y cuándo construir primero consenso. Hay un “cómo” que ya no cuestionás. Funciona. Te hace eficiente. Te hace efectivo.

Hasta que un día cambiás de organización.

Ahí te das cuenta de que el reto no es “aprender el nuevo rol”. El reto es algo más fino, más invisible, pero más determinante: recalibrar tu sistema operativo.

Y aquí viene la parte que todavía me da risa (y también me sigue dando un poquito de lucha): en paralelo a ese cambio profesional, también hice otro cambio. Cambié de Windows a Mac. Todo un tema.

Porque sos la misma persona. Tenés los mismos objetivos. La misma urgencia. El mismo trabajo que sacar adelante.

Pero de pronto los atajos no son los mismos. Las ventanas no se comportan igual. Lo que antes era automático, ahora te obliga a pensar. Y en la primera semana te preguntás: “por qué esto está aquí?”… “por qué no está allá?”… “por qué tengo que hacer tres pasos para algo que antes era uno?”

Y la respuesta real es simple: no es que esté mal. Es que es distinto.

Con la cultura corporativa me pasó exactamente eso.

No me costó entender el negocio.

Me costó recalibrar el “cómo se hacen las cosas aquí”.

La parte interesante es que ese recalibrado no lo hacés solo con procesos. Lo hacés con personas, con conversaciones y con pequeños momentos que te van diciendo, sin decirte: “esto aquí funciona así”.

Un ejemplo sencillo: en algunos lugares la velocidad es el valor principal. En otros, la alineación. En algunos, se premia la iniciativa individual. En otros, el trabajo en equipo por encima del lucimiento personal. En algunos, una reunión es para decidir. En otros, la reunión es para confirmar algo que ya se trabajó por fuera. Y en todos los casos hay razones: historia, contexto, industria, tamaño, riesgos, aprendizajes duros del pasado.

Lo que aprendí rápido es que si llegás queriendo correr como corrías antes, te vas a frustrar. No porque la nueva organización esté “mal”, sino porque vos todavía no entendiste su lógica.

Y aquí entra otra cosa que me parece clave, sobre todo cuando uno cambia de ambiente después de tantos años: el ruido externo.

No lo digo porque “alguien te dijo algo malo”. No. Lo digo porque es inevitable: toda organización visible genera narrativas desde afuera, simplemente porque la gente necesita explicar lo complejo con atajos mentales. A veces son percepciones, a veces son comparaciones, a veces son historias que se exageran, y muchas veces son sólo etiquetas.El problema no es que exista el ruido. El problema es si lo dejás manejar el volante.

Porque si entrás con el juicio hecho, vas a ver lo que ya decidiste ver. No llegás a descubrir; llegás a confirmar.

Por eso yo me propuse algo muy concreto desde el inicio: darme el chance de conocer la cultura desde adentro. Ver con mis ojos. Escuchar con mi lupa. Preguntar antes de interpretar. Y sobre todo, entender el contexto antes de opinar.

Suena obvio, pero no es tan fácil cuando venís de 25 años de “esto funciona así”. Porque a veces tu primer impulso es comparar. Y comparar es natural. El punto es no convertir la comparación en sentencia.

“Ah, en mi lugar anterior esto se hacía diferente.” Ok. Y por qué aquí se hace así? Qué resuelve? Qué evita? Qué protege? Qué prioriza?

Ese tipo de preguntas te cambia el enfoque. Te saca del “me gusta/no me gusta” y te mete en algo más inteligente: entender la intención.

Y ahí llego a uno de mis aprendizajes favoritos de esta transición: las políticas y cosas que al inicio no entendés o te parecen extrañas se viven mucho mejor cuando la gente es buena.

Por ejemplo (y esto lo digo riéndome, porque me pasa): que de repente me “empujen” el wallpaper por una política del directorio activo. Eso me cae fatal. O que haya sitios que, por alguna política misteriosa, aparecen clasificados como “malos”, y uno se queda pensando: “¿pero qué hice yo? ¡Solo quería leer algo y ya me declararon amenaza global!” 😄. Yo venía de un mundo donde las PCs eran administradas, sí, pero con bastante libertad para decidir a dónde entrabas, incluso sabiendo que estabas siendo monitoreado. Entonces esa transición se siente como pasar de “manejá la bici con cuidado” a “aquí te ponemos el cinturón… y también el casco… y también las rodilleras”.

Y lo entiendo perfectamente: son decisiones de seguridad y estandarización que protegen a todos; solo que mi cerebro todavía está aprendiendo dónde están los nuevos “atajos”.

Pero justo ahí es donde la gente hace la diferencia: cuando te lo explican con paciencia, cuando te dan el contexto, cuando te ayudan a navegar sin hacerte sentir perdido, esas políticas dejan de sentirse como una pared… y empiezan a sentirse como parte del mapa. No lo amo, pero lo entiendo.

Cuando encontrás personas que te reciben bien, que te explican sin hacerte sentir menos, que te contestan con paciencia, que te abren puertas, que te ayudan a leer el mapa… el sistema operativo deja de sentirse raro y empieza a sentirse simplemente nuevo. Podés estar o no estar de acuerdo con una norma. Pero cuando ves que detrás hay intención sana, orden, claridad, cuidado, consistencia, entonces bajás la defensiva. No por sumisión. Por confianza.

No siempre me convence la norma. Pero cuando la intención es buena, la norma se vuelve más fácil de llevar.

Y en medio de ese proceso, inevitablemente aparece una reflexión que, con los años, se me volvió bastante clara: el paquete importa, sí, pero la cultura es la que define cómo vivís el día a día.

La cultura define tu energía. Tu paz mental. Tu capacidad de concentrarte. Tu motivación. Tu relación con la gente. Tu sentido de pertenencia. Y también define algo que vale oro: si el trabajo se vuelve sostenible, si te impulsa, si te mejora.

Por eso, si tenés la suerte, como me está tocando, de entrar a un lugar con una cultura que te gusta, de la que podés aprender y encima aportar… eso es una bendición. Y si además lo que ganás te permite vivir dignamente, diste en el clavo.

Cuando la cultura suma y el ingreso alcanza, dejás de “sobrevivir el trabajo” y empezás a construir vida.

Ahora, le sumo una capa que no esperaba valorar tanto como la estoy valorando: el tema del trabajo remoto y la interacción humana.

Sí: el trabajo remoto es una bendición. Te da foco, flexibilidad, balance. A veces te salva el día. A veces te permite rendir mejor. A veces te devuelve energía.

Pero también es verdad que ver gente e interactuar todos los días es lo que realmente da vida. La confianza se construye más rápido. Las fricciones se resuelven con menos drama. Las ideas fluyen con más naturalidad. Y, seamos honestos, hay una energía humana, la conversación corta, la risa espontánea, el “¿cómo vas?” sincero, que no se reemplaza del todo.

Si lográs combinar ambas cosas, remoto cuando agrega valor, presencial cuando suma vida, hay que agradecerlo. Y no con frases bonitas. Con hechos.

Agradecerlo trabajando de la mejor manera que podás.

Con disciplina. Con entrega. Con calidad. Con respeto por el tiempo de los demás.

Porque esos esquemas, cuando funcionan, son un privilegio… y se cuidan.

El remoto te da paz.

La gente te da vida.

Y si podés tener los dos, cuidalo como se cuida lo valioso.

Hoy, honestamente, me estoy sintiendo cada vez más cómodo en esta nueva cultura. Y buena parte de eso no viene de un manual ni de un organigrama: viene de la gente. De la paciencia con la que me han explicado los “tips” no escritos, de la generosidad para ayudarme a navegar este nuevo sistema operativo sin hacerme sentir “nuevo” a la fuerza, y de esa disposición humana que vuelve cualquier adaptación mucho más ligera. GBM me está enseñando mucho, y mi expectativa, y compromiso, es poder aportar en el mismo grado: con resultados, sí, pero también con actitud, con respeto por cómo se hacen las cosas, y con ganas reales de sumar.

La cultura se aprende, sí. Pero también se vuelve más ligera, o más pesada, según lo que provocamos en los demás. Al final, la cultura es el ambiente que dejamos cuando entramos a una sala.

Y vos, Estás elevando la cultura de tu organización… o estás aumentando la fricción?

1 thought on “Recalibrando el sistema operativo: lo que aprendí al cambiar de cultura”

  1. Mauricio Hutchinson

    Excelente reflexión Erick de alguna forma todos los que sobre pasamos los 20 años en Msft de alguna forma estamos aprendiendo o quizás desaprendiendo cosas para dar paso a otras formas de hacer el trabajo. Gracias por compartir las notas, nos hacen reflexionar.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *