Lo más peligroso de la narco-cultura no es el arma: es que ya se siente “normal” verla y apartarnos.
En Guatemala ya se volvió paisaje ver pickups “movilizándose” con dos o tres tipos en la palangana. No son guardaespaldas: son matones. Van armados, exhibiéndolo, escaneando a todos con esa mirada que no cuida sino amenaza. Y lo más duro no es que existan: es que nosotros lo estamos normalizando. Como si el mensaje “yo puedo hacer lo que quiera” fuera parte del tránsito, parte del ruido, parte del folclor. No lo es. Es una demostración pública de impunidad. Es una forma de decirle a la gente decente: bajá la mirada.
Y no se queda en la calle. Lo ves cuando entran a restaurantes como si el lugar les perteneciera: llegan con su corte, se sientan, y de inmediato montan el operativo. Dos o tres “cuidando” la puerta, otros afuera esperando, y el mensaje es clarísimo: aquí no venimos a convivir, venimos a imponer. No es seguridad: es control. Es convertir un espacio común en una escena donde todos los demás tenemos que ajustar el volumen, la mirada, el cuerpo, porque alguien decidió que su ego armado vale más que la tranquilidad del resto.
Y por eso me pega, porque no es teoría: lo venimos viviendo hace rato, pero hoy me tocó de frente. Llegué al gimnasio en Plaza Minuto (CAES) en moto, cosa rara en mí, y tuve la mala suerte de parquearme detrás de tres camionetas iguales, las clásicas Prado, custodiadas por un grupo de estos matones: varios alrededor, y otros dos montados en la entrada como si fuera un perímetro militar. Yo solo estaba estacionando, bajando mis cosas, y ya tenía a dos detrás, otros dos enfrente, viéndome fijo, midiendo. Uno se bajó a pasar algo de una camioneta a otra y, sin disimular, le avisaba al resto que “la persona importante” estaba saliendo, lo oí clarito. Y ahí te cae el balde: aceleré lo que estaba haciendo no porque yo hubiera hecho algo, sino porque el ambiente te obliga. Luego salió el “importante”, caminando como ministro de Estado, con cinco detrás como procesión armada. No pasó nada, y aun así salí incómodo. Y ese es el punto.
Porque lo más preocupante es que esto ya no es solo delincuencia: es estética. Se volvió un “look” aspiracional, un guion que algunos consumen como si fuera éxito. El pickup como símbolo, los matones como accesorio, la chica “trofeo” como parte del paquete. La misma pose de poder, la misma forma de ocupar el espacio, la misma actitud de “aquí mando yo”, incluso la misma música que funciona como banda sonora de la escena. Yo le llamaría estética narco: no porque la ropa o el ritmo sean el problema, sino porque se vuelven el uniforme simbólico de algo más oscuro, la normalización de que intimidar es estatus. Cuando el miedo se vuelve aspiración, la sociedad ya está negociando su dignidad.
Y aquí es donde me duele, porque aun si alguien tuviera permiso de portación, una cosa es portar y otra es exhibir. La ley debería proteger al ciudadano de ver armas de ese calibre como si fueran un reloj caro: a la vista, sin consecuencia, como parte del outfit. Pero en la práctica, la policía poco puede, o poco quiere, hacer. Y así se nos arma el peor escenario: un Estado que no solo pierde el control, sino el respeto; una autoridad que ya no impone límites; y una calle donde estos tipos se mueven a sus anchas porque saben que nadie les va a poner un alto. Cuando la ley se vuelve decoración, el miedo se vuelve protocolo.
Y por eso, me atrevo a sugerir lo siguiente, para que esto sea aportar y no solo quejarme:
Acción 1: Dejemos de aplaudirlo, repetirlo, romantizarlo. Ni en chistes, ni en frases, ni en “así es Guate”. La primera batalla es cultural: si el “respeto” se lo damos al que intimida, ya perdimos sin disparar una sola bala.
Acción 2: Los espacios privados (restaurantes, gimnasios, centros comerciales) tienen más poder del que creen: reglas claras. Cero exhibición de armas, cero “operativos” intimidatorios, protocolos para seguridad y denuncia. Si el Estado no regula, al menos que la sociedad organizada ponga límites donde sí puede.
Acción 3: Exijamos institucionalidad con nombre y apellido: denuncia por canales formales, presión sostenida, monitoreo ciudadana, apoyo a la depuración y profesionalización real. No se trata de “tirarle” a la policía: se trata de recuperar el Estado de derecho para que el ciudadano decente no tenga que vivir acelerando movimientos por miedo.
¿En qué momento decidimos que vivir intimidados es “normal”… y quién gana cada vez que nosotros bajamos la mirada?




Excelente reflexión, nosotros en CR vamos por ese camino, lo mejor, las acciones sugeridss, gracias Erick