Ayer fui a ver a Ricardo Arjona en concierto y salí con una mezcla rara: admiración total y una incomodidad necesaria. Porque sí, el título suena provocador, pero no va desde la crítica barata. Va desde una pregunta honesta: de verdad lo tratamos como “orgullo nacional”, o sólo nos gusta decirlo cuando ya es imposible ignorar su tamaño?
Primero lo primero: lo de ayer fue un show de primer nivel. De esos que no le piden permiso a nadie, ni se comparan “con lo que se puede” en un país pequeño. Sonido impecable, producción sólida, narrativa, banda, ejecución: nada que envidiarle a artistas de mercados gigantes. Cuando alguien logra eso, no es casualidad. Es obsesión por el detalle, oficio, y una disciplina que se nota.
Y aquí es donde empieza el verdadero tema.
Porque Arjona, nos guste o no su música, no es “producto” del sistema cultural guatemalteco. Al contrario: tuvo que irse. No triunfó aquí. Tuvo que buscar aire, industria, circuito, oportunidades, es decir, otros mercados, y luego, cuando ya estaba arriba, entonces sí: todos corremos a gritar “Orgullo de Guatemala!”. Como si el país hubiera sido incubadora, cuando en muchos sentidos fue obstáculo.
En Guatemala hay poco apoyo real al arte. Mucha bandera cuando conviene, pero poca estructura cuando importa. Nos encanta el talento mundial pero pagando migajas. Queremos resultados de primer mundo con inversión de propina. Queremos “exportar” artistas sin construir las condiciones mínimas para que puedan crecer aquí sin ahogarse en deudas y con sueldos de miseria.
Y a veces caemos en una cosa todavía más absurda: la necesidad de colgarnos medallas ajenas, y por eso el título de este post.
Yo viví en la misma cuadra que Arjona, en la 13 avenida de la colonia Atlántida, a la par de la tienda “Nelson”. Coincidimos algunos años en esa colonia, yo oía que en mi cuadra vivía “el que canta y sale en la tele”(palabras exactas de la señora que ayudaba a mi mamá de vez en cuando, Doris) . Se decía que él llegaba a esa tienda a descansar y “echarse” una agüita después de jugar basketball. Entonces qué? Me toca decir “orgullo de la zona 18”? Suena simpático pero en el fondo es tonto. Es como querer agarrar un pedacito de una medalla que no nos pertenece. El mérito es de él, de su decisión, y de los suyos que lo apoyaron cuando no era “orgullo” de nadie.
Y lo más triste es que seguimos haciendo lo contrario de lo que decimos querer.
Decimos que queremos más “Arjonas”, pero sacamos programas de música de los colegios, dejamos la literatura como adorno, tratamos el arte como pérdida de tiempo. Arjona no es “literato”, ok, pero cualquiera que escriba como escribe tuvo que nutrirse: lectura, sensibilidad, mundo interior, referencias. Nadie compone desde el vacío. Nadie llega ahí “por inspiración” nada más.
Y mientras tanto, seguimos probando fabricar deportistas como si esa fuera nuestra única ruta de orgullo colectivo, cuando claramente no es lo nuestro como apuesta de país. Y si probamos con el arte? Y si lo tomamos en serio? Porque avanzar como sociedad no es sólo asfalto y edificios: es cultura, pensamiento, creatividad, identidad.
Entonces sí: felicitaciones a Arjona. Triunfó a pesar de Guatemala. Fue fiel a lo que quería. Tomó la decisión correcta para su carrera y por eso está donde está. Te puede gustar o no su música, eso es totalmente válido, pero negar su logro es negar la realidad. Su triunfo también es la consecuencia lógica de salir de una sociedad donde, demasiadas veces, la contracultura camina mejor que el crecimiento con dirección.
Orgullo no es decirlo cuando ya llenó estadios; orgullo sería crear condiciones para que el próximo no tenga que irse.
Dejemos de admirar desde la grada y empecemos a construir desde abajo. Dejemos de aplaudir tarde. Dejemos de pagar migajas por talento mundial. Si de verdad queremos más gente grande, tenemos que dejar de ser expertos en llegar cuando ya todo está hecho.
Queremos mejorar? Me permito hacer 3 sugerencias:
1) Reinstalar el arte en la educación básica (en serio, no de adorno). Volver a meter música como parte del currículo, no como club opcional, apoyar coros y bandas escolares, así como festivales intercolegiales, y recuperar la lectura y la escritura creativa como hábitos formativos. Si queremos compositores, escritores y creativos, tenemos que sembrarles el “músculo” desde niños.
2) Consumir y pagar cultura local como costumbre, no como excepción. Ir a conciertos, obras y espacios donde haya talento nacional aunque no sea “famoso”, comprar entrada, apoyar con presencia y con pago. Y del lado empresarial, dejar de ofrecer “exposure” y empezar a contratar artistas locales con presupuestos dignos para eventos, campañas y experiencias.
3) Construir un circuito real: becas, escenarios y mentoría. Crear fondos público-privados para instrumentos, formación, producción y giras; y a la par, armar una red de venues y programadores que abran espacio sostenido al talento nacional. Con mentoría de gente de industria (no sólo aplausos), para que el arte deje de ser hobby, y se vuelva camino a una profesión digna.
Porque si el único camino al éxito sigue siendo irse, entonces no estamos celebrando un orgullo nacional, estamos celebrando una fuga bien ejecutada.
Y eso debería dolernos lo suficiente como para despertar.



