El domingo 5 de agosto, 2007; dieron inicio las actividades para celebrar los 50 años del Colegio Loyola en Guatemala. Todo comenzó, como debía ser, con una misa a las 9:00 de la mañana que vino seguida de varios actos, ventas, marimba, etc. El acto se vino promocionando desde hace mucho tiempo por varios medios como correo electrónico, reuniones de exalumnos y en la última semana inclusive apareció en Prensa Libre, según yo, el diario con mayor circulación en Guatemala; además, el sitio de exalumnos colocaba la noticia.
Realmente fue un acto muy emotivo, debo confesar que cuando oí el himno del colegio al final de la misa, me emocioné mucho, hasta se me asomaron un par de lágrimas en los ojos y me tembló la garganta, tenía algún tiempo de no visitar el colegio y me dio alegría que las cosas sigan saliendo tan bien. El coro de alumnos de preprimaria estuvo impecable, muy bien dirigido por el profesor Jorge Mario, quien ya es un activo fijo del colegio, no sé cuántos años tenga de estar trabajando allí, sólo diré que él me impartió educación musical en párvulos (hace 30 años ya de eso). Las palabras de la “Seño” Carmen Rosa dando los agradecimientos y evocando a los que ya no están con nosotros hizo recordarme mucho del Padre Nicolás Alvarenga, esa persona maravillosa que cuando asomaba al patio se veía rodeado de no menos de 20 pequeñitos que lo acompañaban hasta que llegaba a la puerta que del patio daba hacia el atrio de la iglesia La Merced, siempre con su sonrisa, siempre deteniéndose a dar la mano de los que como yo, nos formamos en esa maravillosa institución.
Durante las actividades que sucedieron tuve el gusto de saludar a dos de mis antiguos compañeros, “El Cuache” Ángel Alejandro y el popular “Cachetes” Mario Stuardo Porras
, con quien también tuve el gusto de estudiar durante nuestro diversificado, fue una lástima que luego de tanta comunicación por correo, sólo nosotros tres lográramos llegar a la celebración , prometo que tan pronto “revele” las fotos las voy a publicar para que vean como pasan los años (y pesan
).
Para mí, el momento más emotivo fue cuando tuvimos la oportunidad de saludar al Padre Jesús Navascués; curioso como cambia la vida, en otra época nos hubiéramos andado escondiendo de alguna fechoría de estudiante y ahora al verlo, comprendo las miles de enseñanzas que nos dejó y que formaron nuestro carácter; tal como le mencionaba a mis compañeros, buena parte de mi forma de ser y pensar la debo a las largas horas de plática que en su momento nos hiciera llegar. Cada una de sus frases; “un tiempo para cada cosa y cada cosa a su tiempo”; “el que no sabe a dónde va, no llega a ninguna parte”, la corrección de los “dequeísmos” la corrección del “hubieran” (casi recuerdo su vos), las llevo grabadas en esa parte del cerebro que se niega a relegar el conocimiento que le es útil en el día a día y sin darme cuenta, en mayor o menor grado, las he aplicado casi sin querer, como un acto reflejo, en todas las cosas que viví luego del colegio. Un momento para mí muy especial fue cuando abrazó a Karen, mi esposa, y le dijo “Las esposas e hijos de mis exalumnos, son también como mis hijos”, con un gesto de gran cariño. No cabe duda que he sido tan mal agradecido con el colegio y en especial con los profesores que forjaron no sólo mi cultura sino mi educación, que son dos cosas bien distintas, en tan maravillosa institución, ahora le doy muchas gracias a Dios de que en ese momento, mi familia no tenía más posibilidades económicas porque probablemente, pensando que hacían lo mejor por mí, me hubieran puesto en otro colegio (cabe aquí añadir, que en aquel momento, el colegio se veía como una excelente oportunidad de buena educación para familias de limitados recursos).
En realidad estoy muy contento de que el colegio llegue a 50 años y no pierda su escencia, también me dio mucho gusto ver que algunas cosas que se habían perdido están regresando a su lugar, no cabe duda que es una obra bendita y a la que yo en particular, debo demasiado.
Loyola siempre adelante!!


